Siempre me ha gustado sentarme en el alféizar.
Descolgar las piernas, encenderme un cigarro, sin ningún afán suicida.
Desde un quinto sin ascensor, el viento azota fuerte y huele a mar.
Saco, en una taza que ha sobrevivido a los 80, un café hirviendo.
La apoyo en el alféizar, confío en que ahora me sobreviva.